El escritor alemán Ernst Jünger dejó escrito que la altura de una civilización se medía también por el respeto que acordaba a sus muertos.
El hombre se diferencia de los animales en que no empieza de nuevo al nacer, obligado a subir el sólo la ardua pendiente de la existencia. Muy al contrario, nos encontramos siempre a mitad de camino y cuando vemos lo recorrido descubrimos que otros, antes que nosotros transitaron con gran esfuerzo y enorme sacrificio un camino necesariamente duro. Es nuestro deber recorrer con alegría la parte de camino que nos toca y entregar a quienes nos sucedan, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos una situación algo mejor que la que recibimos.
Un deber adicional consiste en no olvidar nunca a quienes vinieron antes que nosotros.
Por eso ayer estaban llenos los cementerios de España, por eso, ayer muchos de los miembros de la Corporación Municipal con el Alcalde Belloch y el Arzobispo Manuel Ureña acudimos al Cementerio de Zaragoza para rendir homenaje en primer lugar a todos aquellos zaragozanos anónimos que yacen en el cementerio, en segundo lugar a los Alcaldes ya fallecidos que allí reposan y por último a algunos de los ilustres personajes, como Costa o Fleta enterrados en nuestra ciudad.

La novedad este año, y es una novedad particularmente importante para mi en mi doble condición de concejala y de profesora de la Facultad de Medicina, ha sido la inauguración de un mausoleo que ha donado el Ayuntamiento destinado a aquellas personas que han cedido su cuerpo a la Ciencia para ayudar a la investigación y a la transmisión del conocimiento médico. Es de justicia y debería ayudar a que se prodiguen más estas donaciones tan necesarias.
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